8ª Parte. Epílogo: Escritos varios.
"Hay un jardín en mi alma"
Duermo cuando por todas partes sigo el dulce frescor tierno del
camino.
Una verja tapa pálida mi vista, canta con gran tristeza la
abubilla, lamenta por amores que vivía melancólicamente mi destino.
Árboles.
Son cipreses, pero finos.
El nombre de una amada tienen grabada en su tronco rugoso y
plateado: Dórida, otro Camila, hemos llegado, también está Lucrecia...
Yo prosigo: Amarílidis mira sus zafiros...
Todos tienen un nombre.
Representan tormentos y desdichas.
Me recuerdan mis antiguos amores.
Cuando siembran campos, huertas, jardines aquí miro el tiempo que
pasó.
Incluso sonrío, aunque lloro por tanto sufrimiento por seres
limitados.
Sólo siento la nostalgia amorosa.
Debilito conchas y fortalezas y vigilo.
Dolor en corazón por las amadas.
Ya pasó en silencio esta jugada.
Ya me alejo.
Despido lagrimada.
¡Tanto puede mi amor!
Pero mezquinos espíritus jamás lo han comprendido.
Job 28: Una parábola del hombre moderno
Job 28: Una parábola del hombre moderno
Este capítulo de las Escrituras nos aporta valiosas enseñanzas,
especialmente para el hombre de nuestros días. Para comprenderlo mejor lo
dividiremos en cinco apartados:
El poder y la ciencia del hombre (1-11).- El trabajo del hombre
inquiere hasta lo más profundo de la tierra en la búsqueda de sus riquezas
materiales. Examina por todas partes y su ciencia transforma la naturaleza.
Construye presas en lugares áridos, cambia el desierto en vergel y los páramos
en regadíos. Investiga desde lo más íntimo del átomo hasta las galaxias más
alejadas. Toda la naturaleza parece estar sometida, o en vías de sometimiento,
a la ciencia y el poder del hombre moderno. Parece que no queden secretos inaccesibles
para nosotros, ¿pero es así?
Falta la sabiduría (12-19).- Este hombre que parecía saberlo todo
se da cuenta de que no tiene lo más importante: un conocimiento sólido de Dios
y sus demandas morales. Como enseña el versículo 13, ningún hombre le da la
importancia que merece a este conocimiento y entre los vivos no se encuentra.
Tampoco se encontrará en la naturaleza. Si intenta comprarla con los minerales
más preciosos, conseguidos por su propio saber, por sus propias obras, tampoco
la alcanzará. No está en su mano el alcanzar la verdad.
La desesperación (20-22).-
La búsqueda termina en un fracaso para el hombre. El Abadón y la muerte, o sea,
la búsqueda de la verdad a través de los demonios, el espiritismo y saberes
afines tampoco la alcanzan. Han oído de la sabiduría, pero no son la sabiduría.
Es necedad esperar la verdad de un hombre muerto. ¿Nos quedaremos entonces en
la ignorancia y el escepticismo?
Dios existe y posee la sabiduría (23-26).- Hay un Dios, que
controla al Universo, pero lo más importante es que en su mano está la verdad.
Pero no está obligado a hablar. ¿La manifestará al hombre o se callará?
Dios habla (27,28).- En un acto más de su gracia misericordiosa,
habla al hombre y enseña sabiduría e inteligencia a todo ser viviente. Allá
donde fracasaron la ciencia humana y las obras de los hombres intervino la
gracia de Dios, que ilumina a toda criatura (Jn. 1:9). La Revelación era
necesaria, y Dios la manifestó hasta su culmen (Heb. 1:1,2). Jesús es la
Revelación definitiva de Dios. ¡Aleluya!
"Canto a la resurrección de Cristo"
En medio de la sobre, en gozos suaves, vino para verte alba
trágica.
Gime, nada viene.
¡Cántote, gracia diva salvadora!
Y Cristo vencedor naturaleza corporal recupera victorioso.
Grave, en su soplo vuelve con su cuerpo:
No tiembla mucho mientras toma fuerzas, como pájaro cálido
suspira.
Vientos majestuosos dan noticia:
Nacido es el nuevo hombre vencedor de esta trágica muerte, que
redime.
Rápido, ante los guardias rompe piedra, no pueden impedirle la
salida al Señor del planeta que ha rescatado.
Abre camino contra las maldades y penas, fruto lógico del falso
entendimiento, reinante por la caída.
Huestes malignas corren asustadas:
El Cristo ha conseguido señorío y majestad sobre todo el Universo.
Pedro rechaza incrédulo la nueva, el Maestro lo consuela del dolor
que traspasa su ser por su derrota.
Tranquila, Magdalena da cuenta con gozo del poder del Nazareno,
pasa a ser la primera que le ha visto.
Marcha el dudoso apóstol con tristeza, mas Cristo lo levanta con
razones evidentes y vuelve a su ministerio.
Surge con sencillez nuevo rebaño.
Ya cesa en su función mosaísmo.
Salvación por la gracia.
Sobran ritos.
Muchos años después este Señor me salvó de mi pecado con su
sangre:
Este Cristo camina por la vida.
El Cristo anónimo y desconocido.
El Cristo anónimo y desconocido.
Mateo 25: 31-46. Propongo un diálogo para después del Juicio
Final. El esquema podría ser el siguiente:
Creyente corriente (cualquiera, incluso yo): ¿Quién es éste que
estaba conmigo a la derecha? Nunca estuvo en nuestras iglesias, jamás disfrutó
de los privilegios conferidos por el Bautismo y la Santa Cena, nunca leyó la
Biblia mientras nosotros la recitábamos todos los días de carretilla. Cuando lo
veíamos por las calles huíamos de él como si fuera un leproso. Olía mal, vestía
mal, sus modales dejaban mucho que desear, y jamás empleó un lenguaje limpio
como nosotros. Muchas veces estuvimos a punto de predicarle, pero lo
consideramos demasiado ignorante, muy torpe y que sólo traería problemas a
nuestra muy digna congregación de los santos. Por nada del mundo hubiéramos
albergado un individuo semejante en nuestros cómodos hogares. ¿Quién sabe las
enfermedades que tenía? ¿Y por qué habíamos de ayudarle algo? No era de los
nuestros. Nosotros éramos siervos de Cristo y no teníamos tiempo de atender a
tantas personas semejantes a él que andaban por el mundo. Estaba fuera del
Sistema.
Un ángel de Dios (izquierdoso): ¡Oh, hombres! ¿No sabíais que en
aquel individuo también estaba Cristo? El Cristo que se ignora a sí mismo y que
se encuentra en todos aquellos que nunca jamás pudieron satisfacer sus
necesidades más elementales. El Cristo anónimo que estaba en aquel obrero
asesinado por pedir pan para sus hijos. El Cristo desconocido que emigró a
Alemania contra su voluntad. El Cristo anónimo que marchó a Siberia por pedir
sus derechos humanos. Y sobre todo, el Cristo desconocido que habitaba en
aquellos pobres, parias y marginados que os encontrabais todos los días, desde
que os salíais de vuestros cómodos hogares hasta que os encerrabais en vuestros
confortables locales para el culto de Dios.
Otro ángel de Dios (más intelectual): ¡Oh, creyentes corrientes!
Desde que Cristo, el Señor de la gloria, volvió a los cielos lo convertisteis en un objeto abstracto de
especulación teológica. Lo despojasteis de su humanidad concreta y de su amor
por todos los hombres y le prohibisteis el paso a vuestra vida cotidiana.
Creísteis que Cristo sólo estaba en vuestros templos, vuestros aposentos altos
y demás sitios apartados del mundanal ruido. Pero hay otro Cristo. Un Cristo
que vive en la Humanidad doliente y sufrida. Un Cristo que está en todos los
pobres de la Tierra, en todos los despojados de sus derechos por la rapiña de
los hombres, que entregan sus corazones a Satanás para aplastar mejor a sus
hermanos de raza. Escribisteis muchos libros de mística para tener comunión con
el Cristo de los cielos, pero olvidasteis al Cristo anónimo y desconocido que
pasaba a vuestro lado. Dad gracias a Dios por haber reparado vuestros olvidos.
En cuanto a mí, Señor, perdóname porque a pesar de haber recibido
esta pequeña luz sigo comportándome tantas veces como un creyente corriente.
Perdóname por los méritos de Cristo, mi único Salvador, y haz que por obra del
Espíritu Santo cada vez viva más cerca de este ideal, para gloria de ti, Padre
mío y Dios mío.
Hacia el Reino de Dios.
Hacia el Reino de Dios.
Me propongo explicitar brevemente en este artículo cuál es mi
interpretación de la Filosofía de la Historia subyacente en las Sagradas
Escrituras, testimonio escrito de las experiencias de diversos hombres y
colectividades en su relación con el Dios Absoluto.
En el principio, Dios creó un Universo coherente (Cosmos), dotado
de una dialéctica inmanente que primero produjo las Galaxias, luego nuestro
Sistema Solar, y por último la Tierra (Ge. 1:1). Este proceso es lo que los
científicos llaman cosmogénesis.
En un segundo paso, la Tierra produjo la vida: biogénesis. Es
asombroso pensar que sólo a finales del siglo XX estamos empezando los hombres
a crear vida en los laboratorios.
En un tercer paso, la biogénesis se convierte en antropogénesis.
Surge un ser que es imagen de Dios (Gen. 1:27). Es un plazo de tiempo tan corto
que sería ilógico atribuirlo a la casualidad. Dios siempre controla la
evolución, pero dejando el máximo de libertad a los factores materiales.
Por último, el Padre comienza un nuevo capítulo de la evolución:
La Historia de la Salvación, o cómo Dios ha llegado a tener una relación filial
con la Humanidad y lucha por hacer surgir un mundo nuevo libertado de todas las
imperfecciones actuales (Ap. 21:6)
El comienzo histórico del Pueblo de Dios se da cuando Abraham sale
de Ur, ciudad-estado mesopotámica, embrión y prototipo de todo sistema social
imperialista y basado en la explotación del hombre por el hombre (Gen. 12:1).
Esta ruptura con la ideología legitimadora de este orden social injusto se
traduce en el Génesis como el rechazo de la idolatría y la conversión radical
al Dios único.
Más adelante, vemos que los descendientes de Abraham caen otra vez
bajo el yugo de la esclavitud de Egipto (Ex. 1:13), que como todos los
imperialismos, tenía su fundamento ideológico en la idolatría.
El Padre intervino de forma revolucionaria a favor de los esclavos
(Ex. 7-15) y los condujo a un lugar donde se unieron a los oprimidos de las
ciudades-estado cananeas (Cf. Jos., cap. 9). Este nuevo pueblo, Israel, crea
entonces un sistema social democrático e igualitario, único en la Historia
Antigua, en el cual todas las leyes, expresión de la voluntad de Dios, van
encaminadas a impedir la formación de una clase dominante
capitalista-terrateniente que ponga todas las instituciones sociales a su
servicio.
Desgraciadamente, y contra la voluntad de Dios expresada por el
profeta Samuel (1 Sam. 8), este programa fue abandonado y en su lugar se
constituyó un sistema monárquico autoritario con una poderosa oligarquía. La
consecuencia fue el paso del judaísmo primitivo a un sistema religioso
alienante y ritualismo. Contra esto se levantaron los profetas, quienes
hablando desde una comunión personal con Dios manifestaron claramente que todo
culto auténtico se basa en la realización de la justicia y el amor al prójimo
en todos los terrenos de la vida (Cf. Is. Cap. 58). Quien piense agradar a Dios
exclusivamente por medio de reuniones, rezos ayunos y diezmos no se ha
convertido al Dios de Israel (Miq. 6:6-11).
Los profetas insisten en que la nueva sociedad creada por el Éxodo
era sólo un esbozo del futuro Reino de Dios: Superación de todas las formas de
explotación, desaparición de la idolatría en todos los países, reconciliación
del hombre con la Naturaleza, victoria sobre la muerte y la vida del Espíritu
en todos los hombres.
Pero faltaba la revelación definitiva de Dios: Jesús de Nazaret
(Heb. 1:1,2), que con su vida y su enseñanza nos muestra que la lucha por el
Reino de Dios en definitiva es la lucha contra toda forma de alienación,
incluida la religiosa, que es la peor porque se realiza en nombre de Dios
(Mateo cap. 23).
El programa de Jesús fue aprobado públicamente por el Padre a través
de la resurrección, que es la garantía de que a pesar de todas nuestras
limitaciones la causa de Dios sigue adelante.
Desde entonces, todos los que siguen el mensaje de Cristo forman
la Iglesia, que en la medida en que siga el proyecto liberador de Jesús de
Nazaret hace avanzar la Historia hacia su consumación final, que llegará el día
en que se realice en su plenitud el Reino de Dios.
No debemos olvidar, que según la parábola del Juicio Final que
aparece en Mateo capítulo 25, hay muchas personas que sin creer en Jesús o
tener un conocimiento pleno de Dios, entrarán en su reino porque viven el amor
al prójimo y luchan por la justicia en todas partes, a diferencia de los
cristianos carismáticos del mismo texto.
Por todo ello, debemos aliarnos sin sectarismos ni dogmatismos con
las fuerzas que luchan por un mundo mejor y más humano (marxismo,
psicoanálisis, existencialismo, feminismo, ecologismo, etc.), pues sólo así, a
través de estas luchas parciales, engendraremos entre todos el Reino de Dios.
LA EVOLUCION DE MI PENSAMIENTO TEOLÓGICO
LA EVOLUCION DE MI PENSAMIENTO TEOLÓGICO
Quisiera en este breve escrito relatar algo tan complicado,
tortuoso, zigzagueante y que de ninguna manera podría calificarse de proceso
lineal como es la evolución de mi conciencia de intelectual cristiano. Nunca he
querido someterme a ningún dogma ni creencia por inercia ni por respeto a las
autoridades constituidas, sino que, siguiendo el consejo de Pablo, he querido
examinarlo todo y seguir mi propio camino. Prefiero ahora, como siempre, la
soledad al borreguismo en el que flotan la gran masa de los que se llaman a sí
mismos cristianos. Para mejor claridad, seguiré el orden histórico-lógico antes
que el orden existencial concreto. Aquí van cuatro etapas que reflejan unos
diez años de mi vida, que se dice pronto, años de grandes esperanzas y grandes
decepciones, y aunque parezca un tópico he conocido lo mejor y lo peor del
corazón humano.
El niño en Cristo. Etapa del fundamentalismo evangélico.
Yo acepté a Jesucristo como Señor y Salvador cerca de los veintiún
años. Estaba empezando los estudios de Filosofía y Letras. Pasaba entonces por
una gran crisis existencial y personal que me conducía a un nihilismo cada vez
más acusado y a la autodestrucción personal. La fe me ayudó a relanzar mi vida
y dotarla de un sentido positivo. Como buen intelectual, me dediqué rápidamente
al estudio de las doctrinas de la secta que me había llevado a Jesús. Era una
iglesia evangélica sin denominación, de la rama de los pentecostales. Lo
esencial allí no eran las doctrinas, muy simples y cuyo estudio además se veía
con malos ojos, sino las experiencias de tipo carismático: sueños, visiones,
profecías, lenguas, sanidades, etc.
Al aceptar el fundamentalismo biblicista, creía en la absoluta
inspiración, infalibilidad y autoridad de los textos bíblicos. Yo vivía en la
esquizofrenia de tener que rechazar la concepción científica del mundo, por un
lado, y estudiar una carrera universitaria por otra.
Igualmente aceptaba el mensaje apocalíptico, milenario y
catastrofista de Scofield y sus discípulos actuales, que confunden la CEE con
la cuarta bestia de Daniel y al Consejo Mundial de las Iglesias con la Gran
Babilonia que vio Juan.
La insatisfacción con esta teología y estas doctrinas, que no
sirven para enseñar de una forma coherente y sistemática la Biblia, incluso
conservando el dogma de la inspiración plenaria de las Escrituras, me llevó al
estudio del período originario del protestantismo: la Reforma del siglo XVI.
El adolescente reformado. Lutero, Calvino y otros más.
El pensamiento protestante clásico significó un revulsivo para mis
creencias, produciendo la renovación de mi paradigma teológico. En la Reforma,
sobre todo en Calvino, Berkhof, Schaefffer y otros, encontré una profundidad de
reflexión y una coherencia sistemática que no encontraba en mis maestros
anteriores. El calvinismo ortodoxo, que tiene sus dos pivotes en la soberanía
de Dios y la autoridad de la Escritura, fascinó a mi espíritu con su coherencia
lógica, desde el bautismo de infantes a la terrible doctrina de la doble predestinación.
Como este camino lo recorría yo solo, me fui sintiendo cada vez
más aislado en la comunidad, que cada vez se fue institucionalizando más y más,
hasta llegar a construir un fósil petrificado de su experiencia primigenia, en
la cual algunos de sus fundadores siguen vegetando todavía, aunque la mayoría
de ellos se haya salido en el proceso.
El complejo de Edipo. La teología liberal como arma arrojadiza.
Yo descubría la teología liberal, modernista, de una forma
personal, independientemente de los procesos personales de otros hermanos. Fue
de una manera casi clandestina, por mi afición a leer de todo, pasando de
censores e inquisiciones. Hay que hacer notar que los autores protestantes
modernos de tendencia liberal, crítica, sólo se pueden leer en España en
editoriales católicas, que no se suelen disponer en las librerías
"bíblicas", donde los protestantes españoles se surten de
"alimento espiritual". La inmensa mayoría de los evangélicos
españoles no creen otras doctrinas ni ven otro cristianismo distinto del que
han recibido porque los mantienen en un guetto intelectual construido por
generaciones de clérigos ignorantes y reaccionarios. Quien interprete estas
líneas como un implícito apoyo al catolicismo romano que se lo quite de la
cabeza, pues la situación actual y pasada de esta corriente religiosa no escapa
a mis críticas.
Bien, después de este "excursus" contestatario, seguiré.
El fin de mi creencia en la Biblia perfecta me produjo una grave crisis
teórico-existencial. La búsqueda del "Jesús histórico" y el rechazo
del "Cristo de la fe" me lanzaron en un camino de análisis cada vez
más críticos de la elaboración de los textos y las tradiciones religiosas en
que se fundamenta el judaísmo y el cristianismo. Toda la insatisfacción
acumulada durante años de oscurantismo y fanatismo las volqué en el intento de
difusión de esta teología de espíritu amplio y amigo de la razón entre mis
hermanos que todavía dormitaban en el fundamentalismo evangélico primitivo.
El resultado estaba claro desde el principio. Yo fui condenado
como hereje y mis ideas condenadas como engaños "de Satanás". Por lo
visto la destrucción de la razón y la vida legalista llamada "cristianismo
evangélico" fueron inventadas por Dios mismo (¿nos será quizás al revés?).
Yo seguí solo, pero seguí en el Camino. Prefiero no hablar de dramas
personales.
La Teología de la Liberación. El camino hacia Marx.
Yo estaba solo, pero seguí pensando e investigando. Llegué a
sentirme insatisfecho de la teología liberal porque se mantiene en el plano de
la teoría pura, asumiendo en la práctica los ideales de la burguesía
decimonónica. En este punto empecé a leer a Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff.
Allí sí que se encuentra un cristianismo comprometido con los pobres y con los
oprimidos, y que no sólo lucha contra la mistificación de un cristianismo
excesivamente intelectualizado sino que también propone una nueva arma para
transformar la sociedad: la herramienta marxista, que en su azarosa historia,
como la del cristianismo, está transformando la realidad del mundo entero,
aunque a veces esta empresa se produzca a sangre y fuego.
Hay que reconocer que "el Reino de Dios" según estos
teólogos y "la sociedad sin clases" del socialismo marxista tienden
cada vez más a ser la misma cosa.
Pero ahora llegamos al último escollo: ¿es posible conservar la fe
cristiana fundamental, reducida a su mínima expresión, si aplicamos el
materialismo histórico de una forma rigurosamente científica al estudio del
origen del cristianismo?
Segunda pregunta (derivada de la anterior): ¿no puedo yo también
interpretar toda mi historia personal como una lucha por la liberación personal
que, al igual que la Humanidad, acaba desembocando en la lucha por la
liberación social y colectiva?
Tercera pregunta (¿conclusión?): ¿son válidos todavía los
contenidos del mensaje cristiano para la construcción de mi vida personal y de
una sociedad más justa?
P.S.: La respuesta se dará a lo largo de mi vida futura.
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